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Diarios, Memorias y Relatos Testimoniales
Tercera Parte. Contiene desde el 1 de Junio de 1811 hasta el 12 de Agosto del Mismo.
Julio de 1811.

JULIO DE 1811

El día 3 de este mes se dirigió a la Junta una representación redactada, según se dice, por el Doctor Vera, solicitando franca y libre entrada del pueblo a la plaza mayor y Tribunal. Subscribieron muchos de los facciosos y la intención era proclamar al Doctor Rosas de Presidente e impedir la celebración del Congreso al día siguiente, para cuyo fin se habían citado todas las tropas para ponerse sobre las armas, y dado las órdenes necesarias a su Comandante general don Francisco Javier de Reina, para precaver todo repentino tumulto de los partidarios, que justamente se temía por el enardecimiento y despecho que se observaba en la facción opuesta al Cabildo, a saber, de la innumerable familia de Larraínes, de los porteños, mendocinos, y de un sin número adheridos al primado del Doctor Rosas.

El 4, día últimamente señalado para el Congreso, desde las 6 de la mañana se tendió la tropa en la plaza mayor. El regimiento del Rey, ocupó el frente de la Catedral; el batallón de mulatos la de los Baratillos; el de granaderos la de la Real Audiencia, formando calle para que pudiesen pasar los diputados que debían salir del Palacio de la Presidencia para tomar hasta la misma puerta de la Catedral; desde aquí hasta media cuadra abajo la ocupaba la compañía de Dragones de la Reina, y una cuadra de la plaza toda en circunferencia, los dos regimientos de caballería, Príncipe y Princesa, con la orden de no dejar pasar al interior ningún sujeto de poncho, ni de capa. Colocáronse igualmente en el Parque de artillería, centinelas dobles y avanzadas, cargándose de antemano los cañones con metralla, de los que sin este requisito se trajeron dos a la plaza para hacer la salva y aquí se presentó a caballo desde las 6 de la mañana el referido Comandante General de Armas, dando sus disposiciones para el mejor orden.

Todo este prospecto militar, todo este pavoroso terror de Marte, fue necesario para la celebración del Congreso, porque cuando la jurisdicción es usurpada, se desvela el sueño a los golpes del temor y el terrorismo es el primer asilo del delincuente alevoso, que trata de lisonjear su ambición con miras elevadas de una facultad que jamás le puede convenir. He aquí como se abrió el paso a las deseadas Cortes Nacionales del Reino de Chile, Tribunal prevenido y autorizado para sancionar leyes, fijar estatutos y entender en todo lo perteneciente a lo interior y exterior de su mando.

Como a las 9 ½ de la mañana salieron los vocales de la Junta y diputados de las provincias y partidos con el acompañamiento del Tribunal de Justicia (así llaman al que nominábamos Real Audiencia), del Cabildo, varios jefes militares y otros vecinos del primer rango. Al dejarse ver en la plaza mayor, todas las tropas les presentaron las armas, y se les hizo las salvas de artillería. Entre estos estruendos y acatamientos militares se dirigieron a la Catedral y tomaron los asientos destinados con preferencia al Cabildo y ese Tribunal de Justicia, presidiendo a todos los vocales de la Junta por su orden. Inmediatamente comenzó la misa, que la dijo el Doctor don José Antonio Errázuriz, Chantre de esta Santa Iglesia Catedral y actual Provisor y Vicario Capitular. Después del Evangelio se dio a besar éste a los vocales de la Junta.

Fue electo para la oración, el memorable Padre Camilo [Henríquez] de la Buena Muerte, de quien hice relación el día 1º de abril. Deseoso yo de ser espectador y testigo ocular de todo, procuré con anticipación tomar un buen asiento, a pesar de las reliquias habituales de la enfermedad que había padecido. El orador tomó el tema del capítulo 1º, 14 de la Sabiduría: Sanabiles fecit Nationes orbis terrarum: et non est in illis medicamentum exterminii, nec inferorum regnum in terra. Exordió su oración trayendo el origen de los grandes imperios del orbe, sus rápidas conquistas, su grande incremento. Entre otros, habló mucho del Imperio Romano y de su basta extensión. Dedujo después las grandes mutaciones y aún total exterminio de lo imperios, y que el que más no había pasado de 400 años sin experimentar crisis y mutaciones lamentables; que siendo los pueblos los árbitros de la soberanía por la ocurrencia de diferentes circunstancias, habían transferido a otras manos la administración de sus sagrados derechos. Después de bañarse en las inmundas aguas de las doctrinas de Rousseau, dando mil pinceladas para matizar su oración con tan inicuas sentencias, vino a caer a la división de su discurso en tres puntos: 1º. Que la mutación del Gobierno era autorizada por la Religión revelada; 2º, que para aquella eran bastantes los derechos imprescriptibles del hombre;  3º, que entre el pueblo y la autoridad que le manda debe ser recíproca la correspondencia de esta en promover la felicidad pública, defender y proteger la libertad del pueblo y éste, obedecer sus leyes con plena confianza sobre la justicia, y equidad en la autoridad que le rige.

Para probar la primera parte, trajo a consideración la persecución del Antíoco sobre el pueblo de Dios; y como oprimidos los judíos por el engaño y fuerza de sus armas, se reunieron unos pocos bajo la sabia dirección de un valeroso caudillo (se avergonzó de nombrar a Matatías) [1]  y que jurando la religión de sus padres, decretaron morir más bien en la lucha, que no entregarse a sufrir tan duro cautiverio. Esta prueba fue un despropósito, porque la contradicción de los esforzados macabeos, no fue para introducir innovación en el gobierno nacional, sino para mantener el que habían recibido de sus padres.

Para la segunda prueba, asentó, primeramente, que una vez constituida la autoridad, de cualquiera manera que sea, debía obedecerse, trayendo a la memoria el texto del apóstol: qui potestati resistit Dei ordenationi resistit [2]. ¡Qué prevaricación como si San Pablo había de patrocinar la autoridad erigida y usurpada alevosamente por fuerza de los tumultos y sediciones de los pueblos contra su Príncipe!

Pasó al 2º punto de su oración. Aquí tomando el lenguaje de Rousseau, elevó a la esfera de la soberanía los derechos de los pueblos; que el autor de la naturaleza había enriquecido al hombre con todos los dones y preeminencias, para arrojar de sí los males del despotismo y tiranía; que no juzgasen que no tenían remedio sus padecimientos o que debían obedecer con el vergonzoso exterminio de sí mismos; que ese reino infernal, donde los hombres se subyugan por necesidad a sufrir todas las leyes de la potestad más tiránica y a sucumbir forzosamente a cuanto quiera el príncipe del abismo; que ese imperio, digo, no había establecido Dios sobre la tierra, sino un imperio suave, libre, que ni ofenda la dignidad del hombre ni le desnude de de los derechos con que nació. El literal sentido era letra que las más veces dio todo el material que es imaginable; y confieso que aún nada dijo de lo que pudiera decirse cuando se quiere abusar de las fuentes sagradas de los dogmas; y he aquí que aquel texto desquiciado del sentido tropológico y de la verdadera interpretación de los Padres, por una analogía mal entendida, se trajo a realzar la autoridad de los pueblos sobre sus propios príncipes, y a autorizar la innovación del Gobierno. Concluyó este punto con decir que los príncipes para ejercitar su tiranía y despotismo, se valía de los abusos de la Religión Católica; que por lo mismo que ésta infundía en el hombre el deshacimiento de las cosas temporales, la humillación, la tolerancia de los improperios y trabajos por Jesucristo, trataban los príncipes de subyugarlos a la obediencia de cualquiera ley, constituyéndose déspotas insufribles sobre los pueblos. ¡Oh! ¡Qué horror para una [sic] alma sensata, oír en los púlpitos casi a la letra estas y otras proposiciones de Rousseau!

En el último punto usó de todas aquellas demostraciones que estriban en la subordinación del súbdito; en el mejor desempeño de las facultades concedidas al superior; y dio fin lisonjeando esforzadamente la alta facultad del Congreso y la valerosa intrepidez del Reino de Chile en proporcionarse un Gobierno tan feliz y tan recomendable. Mi anhelo en describir aunque en bosquejo la oración del padre Camilo, es para hacer penetrar a todos las máximas y doctrinas con que generalmente se prostituye la cátedra del Espíritu Santo.

Inmediatamente que concluyó el sermón, salió el Secretario Doctor don José Gregorio Argomedo a la mitad de la Iglesia, y dando frente al Congreso, exigió juramento a todos los diputados en la forma siguiente: “¿Juráis por Dios Nuestro Señor, y sobre los Santos Evangelios, defender la Religión Católica Apostólica Romana? ¿Juráis obedecer a Fernando VII de Borbón nuestro Católico Monarca? ¿Juráis defender el Reino de todos sus enemigos interiores y exteriores y cumpliendo fielmente con el cargo? Contestaron todos a una voz: “Sí, juramos.”

Evacuado este acto salieron de sus asientos de dos en dos los diputados e hincando la rodilla delante de un Santo Cristo que estaba en una mesa, al pie del Presbiterio con cuatro luces encendidas, tocaron sucesivamente el libro de los evangelios que estaba en la propia mesa y con igual orden se retiraron a sus asientos a continuar la misa. Concluida ésta salieron incorporadamente y apenas se presentaron a la plaza mayor, cuando se les presentaron las armas y se les hizo la salva de 21 cañonazos.

Dirigióse el Congreso a la Real Audiencia a tomar posesión de la Sala en que anteriormente estaba aquel Tribunal. Apenas se reunieron todos, cuando rompió la voz el abogado don Juan Antonio Ovalle con una oración que, aunque religiosa y cristiana, en nada se contrae a la obediencia de la Suprema Regencia, al juramento de las Cortes Nacionales y menos al socorro e íntima unión de este Reino con la Metrópoli, que debe ser el centro de la unidad de estos dominios. Helo aquí, a la letra, como sigue:

“Señores:

La instalación de la Junta Provincial, que tuvo su origen de las convulsiones de esta capital motivadas por el despotismo de un Gobierno necio y bárbaro, tiene hoy un Congreso de personas respetables, non solum ex urbe, sed etiam ex provinciis, autorizadas para formarla en propiedad por el tiempo necesario. No es otra cosa que usar del derecho natural y de gentes, que tiene todo Reino, toda Provincia, toda Ciudad, todo Pueblo, todo Ciudadano, toda persona, para ocurrir a su propia conservación, defensa de sus bienes y seguridad de sus acciones. No es esto debilitar los derechos del señor don Fernando VII de Castilla. Por el contrario, hemos jurado solemnemente en la forma más religiosa, y más auténtica, la profesión de nuestra santa fe católica, la debida obediencia a nuestro monarca legítimo y la defensa de la patria y sus derechos. Así lo hemos prometido a Dios omnipotente, sabio, justo por esencia; al que ve nuestros pensamientos; al que penetra nuestras intenciones; debemos cumplir lo Prometido y procuremos ejecutarlo.

La religión, que empieza con el hombre, como dependiente del Supremo Ser, como criatura y vasallo de la primera causa que nos conservan lo libros sagrados hasta la venida de Jesucristo, el mejor de los predicadores y profetas en obras y palabras que nos enseña la Santa Iglesia Católica, esa propia que nuestros abuelos han profesado, esa misma que nuestros mayores han defendido en los Concilios de Constancia, de Basilea y de Trento, esos mismos dogmas son los que hemos jurado observar, y esos propios son los que debemos observar. Y, pues, en el mismo Congreso tenemos eclesiásticos virtuosos y sabios que sepan dirigirnos, procuremos también por nuestra parte concurrir en cuanto nos toque a mejorar la disciplina. Ejercicios espirituales, misiones, aumento de parroquias, administración de sacramentos sin algún derecho o estipendio (salva siempre la congrua de los párrocos), sería muy conducente a mantener y fortificar la religión; y ésta trae con sigo por consecuencia necesaria, la mejora de costumbres, y a la verdad no hay hombre más de bien ni más honrado ni patriota más verdadero, que aquel que ama a su prójimo como a sí mismo; y de otra suerte (reflexionadlo bien) no sería buen cristiano. ¡Oh! ¡Religión santa, en todo se manifiestan pruebas de tu verdad, en todo reluce tu pureza!

Esa misma religión nos manda dar al César lo que es del César y es el segundo punto. Es notorio, y sabéis señores, mejor que yo, que la Corona de Castilla con su dinero y su gente hizo la conquista de las Américas. Tampoco ignoráis cuánto se ha escrito en pro y en contra de las conquistas y especialmente sobre derechos imprescriptibles, pero sería necesario trastornar todo el mundo civilizado para encontrar algún Reino, Provincia o lugar que no haya sido país de conquista; y si no, que lo digan las historias y, a la verdad, que las mercedes de nuestras tierras no tienen otro principio y no conozco hacendado alguno, eclesiástico ni secular, que piense devolverlas para predicarnos con el ejemplo; y mucho menos, monarca, príncipe, ni señor que se resuelva a imitarles; y por el contrario es evidente el unánime consentimiento de todas las naciones, y que nos enseña el derecho común: ne rerum dominia in incesto sint. Con que así dejemos una causa de que nadie puede ser juez, y pasemos a tratar de la defensa de la religión y sus derechos.

Es una obligación natural, lícita, honesta y necesaria, mayor aún que la de los propios bienes, porque no puede renunciarse la defensa de su propia vida, ni la de los demás conciudadanos ligados con el mismo pacto. Esto, supuesto, debemos pensar seriamente y con la mayor eficacia en todos los adelantamientos de que sea susceptible un reino tan fértil y tan hermoso. Agricultura no sólo para trigos y otras menestras, sino también, sino también para cáñamos, linos y plantíos de maderas; de suerte que con las lanas, linos y sedas podrían establecerse muchísimas manufacturas, no sólo suficientes para el consumo del país sino también, después de algún tiempo, para exportarse a otras provincias.

Igual o mayor atención debemos fijar en las milicias, armas y sus respectivos trenes; y pues nos hallamos en unas circunstancias las más críticas y peligrosas, deben disciplinarse los regimientos ya formados, y levantar cuantos de nuevo se puedan y asambleas de la misma tropa pagada para doctrinar aquellos y promover algunos arbitrios para una paga regular de siquiera un mes en el año, sin perder tiempo en el acopio de armas de chispa, y aumentar cuanto se pueda la artillería volante, pues hallándose casi todos los puertos y caletas de este reino dominados de colinas, se asegurarán las alturas, y el que es dueño de éstas, lo es también de las fortalezas dominadas.

Sin olvidar por eso el aumento de las ciencias exactas y útiles y fundar igualmente cátedras del dogma de derecho público y del país en que vivimos.

Mas para llenar tan altos fines deben suponerse como bases fundamentales el sosiego y la justicia y meditar seriamente sobre las calidades necesarias de los sujetos destinados para la nueva Junta, a cuya ilustración nada se esconda; a cuya prudencia nada se dificulta; a cuya constancia nada altere, nada perturbe, nada conmueva, a cuya integridad nada resista: en una palabra, superiores a toda sospecha, capaces de más pronto despacho, íntegros y firmes hasta la muerte: (per scopulos virtus sapior astra petit) en dar a cada uno lo que es suyo; que de esta suerte, afianzándose la seguridad del Reino, la felicidad de la Patria, la tranquilidad, la satisfacción, el reconocimiento y la gratitud de sus habitantes en la rectitud y pureza de sus vocales y en la honradez y firmeza de nuestros pechos, conocerá todo el orbe y publicará con admiración universal, que también Chile produce sus Decios y Catones, como he dicho”.

En seguida se hizo leer por el secretario Doctor don José Gregorio Argomedo una oración compuesta por el Doctor Rosas, que hacía de Presidente de la Junta por indisposición del señor Marqués de la Plata, primer vocal. Esta, me dicen, fue demasiadamente difusa; que aunque las palabras no exprimían expresamente la idea de independencia, los conceptos eran bien claros y obvios. Que por lo mismo retrató a este Reino en un estado de natural defensión por su situación local, que sin otra calidad que la de querer sus habitantes oponerse a cualquier enemigo que le quiera subyugar, tendría bastante repulsa cualesquiera hostil tentativa que se le quiera hacer. Concluyó, me dicen, patéticamente trayendo a consideración sus servicios a favor de la Patria durante su Gobierno, sintiendo no haber podido ser más útil en obsequio de sus dignos compatriotas.

En ese mismo acto dejaron el mando de vocales de la Junta los señores Plata, Rosas, Carrera, Reina y Rosales; también los secretarios de ella, Doctor Marín y Doctor Argomedo, quedando reasumida toda la jurisdicción y mando del Reino en los diputados del nuevo Tribunal del Congreso, quien inmediatamente procedió a la elección de su Presidente, que recayó en el abogado don Juan Antonio Ovalle. En el propio acto se le declaró el tratamiento de Excelencia y al Congreso el de Alteza; también le llaman Alto y Serenísimo Congreso, que por lo que hace a los honores militares le corresponden los de Capitán General, no de Provincia, por cuya razón se mandó que su guardia fuese de una Compañía con todos sus respectivos oficiales y bandera y que a la entrada y salida de los diputados, sean juntos o separadamente, se les debía batir la marcha y presentar las armas, como se ejecuta a la letra. Este Congreso se llama el Cuerpo Legislativo, porque allí se van a sancionar las leyes, a constituir tribunales con las facultades y representación que deban tener.

En esa misma tarde del día 4 se procedió a la elección de Vice Presidente y recayó ésta en don Martín Calvo Encalada, uno de los diputados del Congreso. Nombróse también provisionalmente para Secretario a don Francisco Ruiz Tagle. Se resolvió igualmente que el mando del Presidente y Vice Presidente, sólo debía ser por el término de 15 días, y concluido éste, proceder a nueva elección, la que debía recaer precisamente en los diputados del Congreso.

Era consecuencia necesaria que para excitar el regocijo general del pueblo, se presentaran algunas invectivas y diversiones públicas. Primeramente se mandó hacer una iluminación de toda la ciudad por el espacio de tres noches, y fue muy particular aquella con que se adornó el Real Palacio del Serenísimo Congreso, que antes servía a la Real Audiencia. Este edificio tiene en medio una torre y en el segundo cuerpo dos ventanas contiguas. En medio de éstas estaba colocado un lienzo que sería de 3 varas de alto, y 2 de ancho. En la parte superior tenía pintada la Fama con una trompeta en la mano derecha, y un ramo de oliva en la izquierda; en la parte inferior dentro de un magnífico óvalo igualmente pintado con letras de molde grandes e inteligibles a cualquier distancia de la circunferencia de la plaza, esta inscripción: Viva el Supremo Congreso Nacional.

En la misma noche, para excitar la diversión de los buenos patriotas, se hicieron diferentes fuegos artificiales, sucesivamente unos después de otros. Comenzaron por dos toros de fuego y tres toreadores, después dos navíos de guerra en forma de combate, de allí cuatro arbolitos y un castillo. Coronó la diversión un indio formado de fuego artificial con la vestidura que ellos usan en la América y al tiempo de prenderse despedazaba las cadenas que le oprimían, para recuperar su antigua libertad, alusión que, sin bosquejo alguno, descubre todo el espíritu del nuevo sistema, su objeto y sus designios.

El día 5 del referido mes de julio se citaron todos los prelados de las religiones, los Comandantes militares y demás jefes de oficinas, etc., a hacer el juramento de obediencia al Congreso en la forma y estilo que se acostumbra.

Desde ese día se observó mucha reunión de los partidarios de Rosas, mal contentos por hallarse sin patrocino ni prevalencia en el Congreso a las meditadas miras de ambición que les había hecho activar las diligencias para la instalación de la Junta. Eran los primeros de esta facción y conventículo, los Larraínes y porteños, presididos por el diputado de Buenos Aires, principal móvil de todas estas convulsiones populares.

El día 8 se procedió a elección de los dos secretarios  propietarios del Alto Congreso, y salieron el Doctor don Francisco de Echaurren, Cura y Vicario de la doctrina de Colina, y el Doctor don Diego Antonio Elizondo, Cura y Vicario de la Villa de San Fernando, con la dotación cada uno de 1.200 pesos anuales. El primero renunció ese mismo día su empleo y el segundo se recibió de él al siguiente y quedó ejerciéndolo.

El día 10 se supo por repetidos denuncios de personas de verdad y carácter que los facciosos del Doctor Rosas, activando el fuego de su disgusto y despecho, tenían tramada una conspiración contra el Gobierno; que el proyecto era sorprender las guardias de la cárcel y sacar de allí los 70 Dragones de Penco, presos en la actualidad por la conspiración que queda detallada el día 1º de abril, reunir a éstos con todos los demás facinerosos de la cárcel a quienes asegura tenían prevenidas las armas para que uniéndose con los facciosos, que no pasarán de 200 y mucha plebe que tenían ya a su devoción, dar asalto a los cuarteles y parque de artillería; que para llevar adelante este diabólico proyecto tenían meditado incendiar el Palacio de la Presidencia, para que llamando a este punto la atención de las tropas y de todo el pueblo, introducida la confusión en todos, lograran poner en ejecución su designio de apoderarse de las armas; gritar a voces la independencia, ya que los conceptos y operaciones combinadas no eran bastantes para su indicación; abjurar de Presidente al Doctor Rosas; distribuir los empleos del Congreso entre los de la facción; fijar de Comandante General de Tropas a don Juan de Dios Vial, matar y degollar a las primeras cabezas del partido del Cabildo e infundir en esta capital y todo el Reino mayor terrorismo que el de Robespierre en las revoluciones de la Francia. ¡Ah! ¡Y qué desgracias, qué desastres tan horrorosos no tendríamos en el día que llorar! ¡Qué escena tan triste se habría transmitido a los países más remotos! Consecuencias son de un pueblo cuando se desenfrena y de las revoluciones de aquellos que del letargo y la oscuridad se levantan a impulsos de unos conatos ambiciosos a empañar un cetro, o adquirir un mando a que de otro modo era imposible llegar a conseguirle.

No se juzgue ligereza mía la descripción de estos melancólicos planes. Hay pruebas muy concluyentes para hacerlos creíbles, así porque los presidarios se habían tenido incomunicados aún con sus mujeres, sin permitirles auxilio alguno desde el día anterior, para no dar ocasión de revelarse el proyecto; como porque las repetidas juntas diarias y conventículos de los facciosos, arrojaban ideas combinadas de algún desesperado efugio, para elevar su facción y deprimir la contraria, primer fruto que se suele observar en las revoluciones.

Desde las 7 de la noche que se dio el denuncio de la maquinación al Presidente del Congreso, quien en seguida tuvo otros varios, dio las órdenes al Comandante General de Armas para poner todas las tropas en aquella fatiga. Dobláronse las guardias en los vivaques de Palacio y cárcel; se sacaron 4 cañones del parque cargados de metralla y se colocaron en las 4 esquinas de su plazuela, donde se hizo igual diligencia con los demás, a prevención de cualquier acontecimiento; se destacaron muchas patrullas por la ciudad y se hicieron otras mil prevenciones de seguridad.

Estos antecedentes hicieron abrir los ojos a los cabezas de partido. Conocieron el descubrimiento de sus maquinaciones y lo imposible que era llevarlas adelante contra una fuerza irresistible. Con este desmayo se salvó la Patria y de que este desgraciado agitado suelo se tiñera con inmensa sangre de inocentes, que son las víctimas que con voces mudas, pero enérgicas, piden la venganza al cielo. ¡Ah Chile! ¡Reino fecundo y feliz por vuestro sosiego en otro tiempo; Chile, embeleso de las gentes, depósito de la fidelidad, emulación de todos los reinos y provincias que os circundan! ¿Cómo habéis perdido la hermosura, cómo habéis apagado vuestro acreditado esplendor, cómo os habéis llenado de oprobio, y de ignominia? Los alienígenos, los perversos hijos del Belial de Buenos Aires, trajeron las chispas incendiadoras del desorden, de la seducción y del engaño; ellos excitaron en los vuestros las ideas de ambición y por las reprobadas escalas de tumultos y sediciones, os ha querido conducir al timbre de una gloria que se desplomará, dejándoos sumergidos entre sus escombros y ruinas, con una vergonzosa memoria a toda vuestra posteridad.

El día 11 amanecieron sobre más de cien boletines repartidos por las calles, que decían: Muera Reina. Reuníanse contra su persona todos los facciosos, porque tenía el mando de las Armas, sin cuyo auxilio miraban frustrados sus empeños.

En la mañana de este día se trató en el Congreso de expatriar algunos de los que andaban turbando la paz pública, y en particular al Doctor Álvarez Jonte, Diputado de Buenos Aires, atizador de ledas estas llamas populares. Se acordó, por la mayor parte, a pesar de la resistencia de muchos, dirigir oficio a la Junta de aquella capital sobre lo importante que era retirar a este sujeto de su comisión, así por el poco carácter y representación para cargo tan elevado, como porque era el móvil de la inquietud y revoluciones del pueblo.

En la tarde del mismo día, por anticipada orden del Congreso, se mandó citar todo el regimiento del Rey, y reunido en el cuartel provisional del palacio del Ilustrísimo Obispo, se eligieron 4 compañías, que componen 300 hombres, con sus respectivos oficiales y quedaron en dicho cuartel a alternar en las fatigas de la plaza con el batallón de Granaderos y dos escuadrones de Húsares.

El día 14, en vista de los muchos pasquines que salían contra los de la facción del Cabildo, unos con el nombre de Linterna mágica, o Tutilimundi, otros en forma de diálogo, todos ellos los más denigrativos contra los mismos que forman el Congreso, se trató en él sobre poner remedio a estos expurgatorios de las opiniones personales y maldades de cada uno en orden a su propio sistema, aunque con divergencia de opiniones; unos abrazan el terrorismo y aspiran a degollar a todos los que contradicen sus miras; otros, por la lenidad de espíritu tratan de traer a su facción a los que ven distantes de su propósito y es el que en el día sobrepuja y domina. Se trató por remedio el publicar el bando, conminando en él con varias penas a los autores de semejantes libelos y ofreciendo mil pesos de premio a los delatores. Conocieron que muchos perversos y depravados hombres se valdrían del denuncio por interés de los mil pesos para socorrer de pronto sus miserias, y que padecerían muchos inocentes; otros alegaron que se les debía conceder algún desahogo a los mal contentos. Por estas y otras alegaciones se suspendió el bando, dejando a salvo conducto el ramo de pasquines. Yo creo firmemente que dentro del mismo Congreso estaban sus autores.

El día 15 se dio a luz una célebre proclama, la misma que se ha circulado por todos los partidos para electrizar de nuevo y excitar una contra resolución peor que la primera. Trae su origen de las muchas réplicas y retoques que han [sic] habido en el Congreso para la erección de la Junta o Tribunal Ejecutivo. Los de la facción del Doctor Rosas le quieren de Presidente o al menos de vocal. El partido contrario se le opone con pluralidad de votos; claman aquellos que como no se han de distribuir los empleos, eligiendo al menos uno del partido de la Concepción, pues así lo exige el numeroso vecindario que tiene; se empeñan unos en que sea absoluta e independiente la potestad ejecutiva de la Junta; reponen los otros, que no puede ser, sino dependiente del Alto Congreso, que es el Tribunal legislativo. Este contraste diario de opiniones tiene hasta el día en suspenso la erección del Tribunal Ejecutivo, sin otro fruto que el de avivar el fuego de la discordia, de la sedición y tumultos, que se temen, y se dejan entender por la indicada proclama:

“Caros Chilenos: vacila el sistema; miserables egoístas, despertar a los gritos de vuestra misma existencia. Las bayonetas, y el tren de los dos mayores enemigos de vuestra causa, sólo aseguran el partido dominante del Congreso. ¿Cuales serán sus miras? Se desconfía abiertamente de los Cuerpos patrióticos, se proscriben los dignos oficiales que os salvaron el 1º de abril. Son elevados los cómplices del infame Figueroa. Se han hecho depositario de la fuerza armada dentro y fuera de la capital. ¿Con qué objeto?... Concentraos por un momento.

Nuestro gobierno es popular. Sólo existen sus oficiales por la representación de sus ciudades y partidos. No pueden negarlo sin confesar su nulidad. ¿Por qué resisten que el pueblo en una forma apasible y digna de su Majestad inviolable, reclame sus derechos? ¿Por qué se os da con las puertas en la cara y se desconfía de ser escuchados por sus mismos mandatarios? ¡Avergonzaos! La sala de vuestro Congreso Nacional está rodeada de todos los aparatos de un déspota. Cada palmo de tierra lo cubre un centinela. Las Cortes de Cádiz se celebran en el Coliseo público. Cada hombre persona sus derechos. ¡Divisad, ciegos, el verdugo sobre vuestros cuellos!

Arrastra el partido dominante los jefes del sarracenismo. Esos infames empleados que hoy prodigan estudiosamente el tesoro público, que siempre han mezquinado con injusticia; ellos quieren sostener sus rentas a costa de vuestras cabezas. Los siguen unos eclesiásticos esencialmente interesados en la restauración de la tiranía. Ellos viven con un lujo que prohíbe el Evangelio, y les costean los aranceles de casamientos, oleos y entierros, que deben quemarse de vuestro sistema. No pueden abrazarlo jamás, porque nadie quiere su ruina. Completan el club unos miserables intrigantes sin carácter, sin talento y sin previsión de su misma perdición. Se venden por un pariente o una plaza de pocos minutos. Ellos tendrán la confirmación en el cadalso; no hay duda, están descubiertos y el tirano no da cuartel cuando vence; pero vosotros vais a ser envueltos. ¡Despertad!

Los 13 virtuosos diputados de la protesta comienzan a renunciar, no obran por debilidad. Ellos han mantenido bajo de las bayonetas, todo el carácter de la virtud. Observad que son los hombres de talento; nada ha podido corromperlos, nada quieren; no temen porque a la distancia de sus representados los asegura su conciencia, mientras los de la capital tiemblan de sus mismos poderdantes ¿Por qué se retiran? Han probado su constancia al contraste del improperio más humillante; nada de nuevo puede atacar su fortaleza ¿Por qué no coronan su heroicidad? Leed en vuestros mismos corazones el motivo.

Los agentes de la Carlota, sus públicos corresponsales tienen todo el influjo sobre el partido dominante. Los parientes y apoderados de los oidores depuestos, dictan e imponen ese indecente escarabajo, es hoy el escribano de Gobierno. Los secretarios son curas; leed la reservada de Onis; repasad el manifiesto de José. Entended que va a establecerse el antiguo Gobierno; que éste ha de ser inexorable con los patriotas; que vuestros hijos encadenados eternamente van a maldecir; que vuestra memoria la ha de execrar la posteridad, y que delante de los cielos, y las naciones que pueblan la tierra, conjura vuestra insensibilidad”.

Sólo la ligera lectura de la anterior proclama da a entender el fuego activo que tiene reconcentrado este partido contra el que se llama dominante. Estos brotes son muy alusivos a los de la representación que los 13 diputados hicieron, y se refiere en este mismo Diario el día 26 de Junio. Será bien que aquí demos los nombres de aquellos 13 virtuosos diputados tan llenos de fortaleza, que les reanima a gritar cuanto antes la independencia y consolidarla en las bases del terrorismo.

Son los siguientes: Don Manuel Salas, don Manuel Recabarren, don Pedro Arriagada, don Juan Pablo Fretes, don Bernardo O’Higgins, don Juan José Chavarría, don Antonio Mendiburu, don José María Rosas, don Agustín Vial, don José Antonio Ovalle, don Luis Cruz, don José Santos Mascayano, don Juan Esteban Manzano.

El día 17 presentó al Congreso don Agustín de Eyzaguirre su renuncia del empleo de uno de los diputados de esta ciudad, dando por causales la ninguna deferencia de aquel sobre cuantos puntos había abierto su dictamen. En el discernimiento expresaba que se opuso a la elección de los dos secretarios, los presbíteros Doctor Echaurren y Doctor Elizondo, preeligiendo a don Manuel Salas y a don Agustín Vial; que igual oposición hizo a la dotación de 1.200 pesos de aquellas plazas; y parece que de intento todo se le contradecía, sin otra causa que manifestar su intención, comprendiendo de aquí el desagrado del Congreso en tenerle en su gremio. ¡Cosa rara! ¡Inflexible capricho querer atraer a todos a su sistema personal, y que prevalezca su decisión!

Yo diré el principio de este magisterio. Eyzaguirre ha sido en la presente revolución el primer agente. Sus esfuerzos y empeños, enlaces de familia y conexiones de amistad, le hicieron vencer montes de dificultades con un tesón de que no hay ejemplo, sin reparar en gastos, molestias ni otras desazones. Entró al sistema pecho por tierra; y conociendo todos estos servicios y que el fue el patriarca del sistema, y a quien se debe principalmente su establecimiento, juzgó por consecuencia, que su voz había de ser la directora y él el árbitro en disponer de todo. Le salió la cuenta errada, le ocupó el corazón el desabrimiento y de aquí nació el despecho para su renuncia, la que no habiéndosele admitido, le obligó a pasar al partido de los 13 que quedan referidos, llevándose tras sí, según se dice, los siguientes diputados don Joaquín de Echeverría y don Joaquín Gandarillas.

Esta nueva fuerza del Corifeo de los movimientos, su voluntariedad, esfuerzos y conatos, que le facilitan sus ramificaciones en el pueblo, hace justamente temer la prevalencia con el tiempo del partido humillante del Doctor Rosas, y todos los crueles efectos del despotismo. Así vivimos como el navegante en alía mar, temiendo en las alternativas bonanzas, las tempestades, zozobras y naufragios; y peor que aquel porque desmaya en cierto modo la esperanza de si alguna vez tocaremos el puerto del sosiego, de la paz y de la tranquilidad, recuperando el orden en aquel Gobierno que hemos jurado y reconocido bajo las leyes fundamentales de la nación.

El 20 se hizo la elección de Presidente del Congreso, que recayó en don Martín Calvo Encalada, y la de Vice Presidente en don Agustín de Urrejola.

El mismo día 20, llegó a esta ciudad don José María Vásquez, maestre y sobrecargo de la fragata Flor de Mayo, aquella de que hicimos relación en el Diario al 20 de Enero. Este sobrecargo vino con el referido buque de Lima al puerto de Valparaíso con resolución de seguir viaje a Montevideo, de donde era procedente. Intentó pedir licencia a este Gobierno, pero todos mancomunadamente le aconsejaron que desistiese del proyecto, porque desde luego se le había de negar aquella. El pensamiento no era errado, según las razones políticas que se le hicieron presentes.

Por el último correo de Buenos Aires y los anteriores se había retratado a Montevideo asediado estrechamente por los ejércitos de la Banda oriental [3], con la relación de muchas proezas de los Generales Rondeau y Artigas [4]; que sus tropas estaban muy cerca de las murallas de aquella plaza, a quien oprimía sobremanera la falta de víveres,  y que su rendición, por lo mismo, sería muy pronta. Este lastimoso cuadro lisonjeaba en sumo grado la esperanza de los facciosos de este reino, y aliados íntimamente con los de Buenos Aires, en tales términos que les parecía que aquel apuro era grande y de un modo que hacía indefectible la subyugación de Montevideo. De aquí juzgaban como alta traición a su aliada Buenos Aires conceder licencia a la Flor de Mayo para seguir a dicho punto, constando que los efectos de exportación que pretendía eran de trigos, frijoles, garbanzos y otros comestibles de grande importancia y auxilio a sus habitantes en aquellas circunstancias tan apuradas.

Penetrado así el maestre de este inconveniente, procuró eludirse solicitando la licencia para Buenos Aires. Se le concedió lisa y llanamente por el Gobierno, y en su consecuencia también el último despacho. En su virtud, procedió a la compra de los indicados frutos, y abrió su registro en la forma de estilo, sacrificando en todo ello muchos miles. Estando ya el buque cargado y en estado casi de darse la vela para su destino, se dirigió por el Congreso al Gobernador de Valparaíso una orden en que se le manda intime inmediatamente al referido sobrecargo, ni intente, ni resuelva la salida de la fragata de su mando sin asegurar su destino a Buenos Aires con la fianza de 50 mil pesos extensivamente al valor del buque y con la expresa calidad de que los fiadores en manera alguna puedan eximirse del efectivo lasto [5], sea cual pueda ser el motivo o la causa de su arribada a otro puerto.

La inesperada resolución antedicha obligó al maestre y sobrecargo a ponerse rápidamente en esta capital y a dirigir su recurso al Alto Congreso Nacional, o inmediatamente a su Presidente, que a la sazón era don Martín Calvo Encalada. Por raro accidente, vino a organizar la representación el mismo autor del Diario, quien tiene a bien estamparla con toda la sustanciación y providencias que se dictaron para que pueda venirse en pleno conocimiento del despotismo, grande y recíproco interés que tiene este Gobierno con el de Buenos Aires. He aquí dicha representación a la letra.

“Excelentísimo señor:

Don José María Vásquez, maestre y sobrecargo de la fragata Flor de Mayo, con mi debido respeto parezco ante Vuestra Excelencia, y digo: que el Gobernador de Valparaíso en cuyo surgidero está la referida fragata, me hizo saber una orden superior de Vuestra Excelencia de fecha 11 del corriente, por la que se le ordena proceda a intimarme, no intente ni permita la salida de la fragata de mi cargo sin asegurar su destino a Buenos Aires con la fianza de 50 mil pesos extensivamente al valor del buque y con la expresa calidad de que los fiadores en manera alguna puedan eximirse de la responsabilidad del efectivo lasto, sea cual pueda ser la necesidad o causa que motive mi arribada a otro puerto.

Apenas se me hizo la intimación de la expresa superior orden de Vuestra Excelencia, cuando desamparando los cuidados y atenciones del referido buque, resolví ponerme en ésta personalmente para dirigir a manos de Vuestra Excelencia esta sumisa, sencilla representación. Este Alto Congreso revestido de la justificación que le anima y caracteriza, se ha de dignar escucharme; y en consecuencia de cuanto voy a exponer en favor de mi causa, me asiste la satisfacción, que no puedo esperar otra decisión que la debida y ajustada fielmente a la justicia que solicito.

Vuestra Excelencia tuvo la bondad de patrocinar mi primera solicitud entablada sobre la licencia para seguir mi viaje al puerto de Buenos Aires. Concedióseme llanamente; en su virtud procedí a abrir el registro a la compra de frutos y a su embarque, todo ello con ingente desembolso y crecidos gastos de la tripulación. Todo habría excusádose y principalmente los irreparables perjuicios que me amenazan, si la generosidad de Vuestra Excelencia hubiera puesto el tropiezo en su origen, del insoportable gravamen de la fianza que hoy se exige; habría variado de sistema; habría excusado los gastos y no me viera envuelto en mil zozobras que abaten mi espíritu en negocio de tanta gravedad. El público mismo engañado acrimina mi conducta y señaladamente el comercio, al ver frustrada la expedición de los frutos y efectos embarcados con aquél destino; después que se expidió el último despacho también llanamente y sin tropiezo alguno, ni calidad de la fianza que se me ordena, cuando está ya el buque en estado de dar la vela. Vuestra Excelencia tiene sobrada meditación para incubar en todos estos particulares, principalmente sobre el sacrificio que se hace a una expedición entorpecida en estas circunstancias, con que acrecen los gastos diarios, la tripulación se extravía y se esperan otros mil desastres, con conocido quebranto del propietario y demás interesados.

El cumplimiento de la orden de Vuestra Excelencia, que acato y respeto con la más alta consideración, me es imposible en la parte que se me exige la fianza de los 50 mil pesos y el valor del buque. Las leyes fuera de mirar lo racional y honesto, miran también lo posible; y si en la complejidad de las circunstancias pierden aquella calidad, decae su fuerza, y se suspende su cumplimiento.

Buenos Aires es un puerto rigurosamente bloqueado por el Gobierno de Montevideo; de aquí nacen los riesgos que forzosamente tengo que sufrir a la entrada; no hay prudencia que pueda precaverlos, ni aún meditarlos extensamente, por ello mi expedición sólo es sostenida de la intrepidez, y que cuando el hado es feliz y venturosa la suerte del hombre, los propios riesgos parece que se reúnen en su beneficio, sacando el antídoto del veneno mismo que teme. Así lo decía el poeta: fata volunt, bina venena jubant. ¿Y qué? Las acciones del valor nacidas de la intrepidez, fecundadas de riesgos y de peligros, ¿podrán en mi fundar una esperanza firme de tocar el puerto de Buenos Aires? ¿Podrán moralmente asegurarme estar libre de toda causa, de toda necesidad, que motive mi arribo a otro puerto? ¿Me habré de arrojar por insuperables escollos a ser víctima de mi propia temeridad en todo lance? Vuestra Excelencia penetrará mejor que yo, que en el propio término adonde me dirijo se levantan montes de dificultades que tengo que vencer, que sin más que traerlas a la consideración de los fiadores que podrían presentárseme, le harán destellar que el proyecto es arriesgado o (si me es lícito hablar) moralmente imposible. ¿Y quién así querrá afianzar? ¿Quién querrá seguir mi despecho, o mi arrojo sacrificándose por ajenos intereses, exponiéndose a la funesta suerte de lastar la fianza, porque la Flor de Mayo sorprendida por los corsarios de Montevideo hayan sido presa, arrebatada y conducida a aquél puerto?

No sólo aquel principio me hace desvanecer toda esperanza en la materia, si no también las ningunas conexiones ni enlaces de amistad que tengo en esta capital. Las fianzas sin aquel requisito no se pueden allanar. Yo en el lugar soy un advenedizo o transeúnte; el dueño de la embarcación es un sujeto desconocido; la fianza, un gravamen insoportable y más insoportable siendo extensiva a todo caso, sea cual fuere la causa, o la necesidad del arribo del buque a otro puerto. Por principios generales de la navegación, aún en los puertos donde hay aseguradores, jamás las fianzas son extensivas a los casos que Vuestra Excelencia contrae la necesidad de afianzar. Los riesgos de la mar son muchos, e imprevistos; la conservación de la vida inspira el derecho natural; la de la tripulación de un buque, y poner a cubierto sus intereses, vale mucho y está muy recomendada por el derecho de gentes, consideraciones todas que me hacen ver la imposibilidad de dar cumplimiento a la intimada orden de Vuestra Excelencia.

El Tribunal representativo del comercio podrá mejor que yo exponer a Vuestra Excelencia los atrasos y perjuicios que debe sufrir este respetable gremio, y lo inverificable de la calidad que se me exige; por lo mismo espero que la justificación de Vuestra Excelencia le oiga como a parte no menos interesada en negocio de tanta gravedad. Por tanto,  a Vuestra Excelencia  pido y suplico que allanando el precedente informe del Tribunal del Consulado y teniendo por bastantes los fundamentos que llevo expuestos, se sirva ordenar corra la primera licencia llanamente, revocando de plano la superior orden de Vuestra Excelencia por lo que mira a la calidad de la fianza que se me exige, y en su consecuencia se me franquee paso libre a la salida de la fragata; que es justicia, y para ello, etc.- José María Vásquez”.

Como quiera que el interesado pidió para la sustanciación del expediente la audiencia del Tribunal del Consulado, pasado el expediente a este fin por decreto que se puso en ese mismo día, exigiéndose el informe con la mayor prontitud por la urgencia de la materia, produjo dicho Tribunal el siguiente a la letra.

“Excelentísimo Señor.

Aunque el Consulado p por su instituto debe proteger el beneficio del comercio en general; más en la actualidad, contrayéndose a un caso particular, envuelto en oscuridades que tal vez nazcan de la buena razón de Estado y sin antecedentes que le ilustren, no puede abrir dictamen en la materia, pues conoce claramente que si es perjudicial a la expedición el que se le exija la fianza de 50 mil pesos, no lo es menos el que dicho buque entre en Montevideo de intento, o con pretexto, que auxilie con sus frutos a los habitantes de aquel puerto, asediado por el gobierno de Buenos Aires, motivo suficiente para que éste interponga sus quejas. En esta perplejidad la sabia penetración de Vuestra Excelencia sabrá disponer el sesgo conveniente. Real Consulado de Santiago de Chile y julio 27 de 1811.  Excelentísimo Señor.- Manuel Pérez Cotapos.- Ramón Valero.- Miguel Ovalle”.

Por lo expuesto en el anterior informe se vendrá en pleno conocimiento que no fueron meras conjeturas, sino noticias muy ciertas las que obligaron al Maestre a variar de rumbo y no solicitar su licencia para Montevideo. El concepto es claro, pues si aun pidiéndola para Buenos Aires, solo por que pudiera entrar de intento, o con algún pretexto a dicho puerto, se le exige el insoportable gravamen de los 50 mil pesos de fianza, claro está que la negativa hubiera sido absoluta, si sus primeras miras hubieran sido para Montevideo. El propio Consulado da las ideas necesarias a ilustrar al Alto Congreso sobre lo muy perjudicial que sería el auxilio de víveres a un puerto asediado por el gobierno de Buenos Aires, y tan justas quejas que por esta razón pudiera interponer; exposición que descubre la central razón de exigírsele la fianza, con otros mil perjuicios que se le han causado. Consiguiente al informe, aunque suavizó en parte el Tribunal su primera orden, pero con todo, temeroso siempre del suceso que arriba se indica, le hizo dictar el decreto del tenor siguiente:

“Santiago y julio 27 de 1811. Proponga el Sobrecargo arbitrio que asegure a este Gobierno, y no lo haciendo, cumpla con lo mandado. Calvo.- Encalada.- Urrejola.- Portales.-  Doctor Elizondo, Secretario”.

Desengañado el Maestre y Sobrecargo, del allanamiento que esperaba del Gobierno, y que cualquiera otro arbitrio no sería bastante para asegurarle de su propósito, resolvió dirigir su viaje al puerto del Callao, y a este fin se le organizó la siguiente representación.

“Excelentísimo señor.

Don José María Vázquez, Maestre y Sobrecargo de la fragata Flor de Mayo, en el expediente sobre la licencia que solicito para seguir viaje a la capital de Buenos Aires, con lo demás en la forma deducida, digo: Que con fecha 27 del corriente se sirvió la justificación de Vuestra Excelencia decretar proponga yo otro arbitrio que asegure a este Gobierno de seguir a aquel destino, y que ni lo haciendo, cumpla con lo mandado, esto es, allane la fianza de los 50 mil pesos que Vuestra Excelencia ordenó el 11 del corriente. Yo reflexivamente he meditado la materia con relación a las órdenes que tengo del propietario, que son estrictas y fuera del caso. Los intereses que manejo están invertidos en la expedición del Buque. No encuentro arbitrio alguno de asegurar a este Gobierno el cumplimiento al término del viaje que tenía meditado, sin exponer mi conducta, y sin inferir algún gravamen inesperado al interesado.

Por lo expuesto y mucho más por el cargamento que tengo a bordo, casi todo ello análogo al comercio de Lima, he resuelto tomar este partido y dirigirme al puerto del Callao. No parece inconveniente y a mi me es muy necesario tomar este sesgo para precaver los grandes gastos que estoy sufriendo en Valparaíso por detención del buque, que estando cargado, también está más expuesto a mayores riesgos, principalmente en la estación calamitosa del invierno, en que apuran los nortes en aquel puerto. Por tanto, a Vuestra Excelencia pido y suplico que revocando el auto prohibitivo de mi salida, se conceda la licencia y último despacho para el indicado puerto del Callao; que es justicia y para ello, etc.  Otrosí digo, que para mi indemnización y poner a cubierto mi responsabilidad a los cargos que pudiera hacerme el interesado de la expedición, se ha de servir Vuestra Excelencia mandar se me de testimonio íntegro fehaciente de este expediente, pido justicia, ut supra. José María Vázquez”.

La providencia que se dictó al escrito preceden  es a la letra como sigue:

“Santiago y julio 29 de 1811.  En lo principal, escríbase al señor Gobernador de Valparaíso cumpla con lo mandado y que se le ordena en esta fecha. Al otrosí désele el testimonio que pide.  Calvo Encalada.- Urrejola.- Portales.- Doctor Elizondo, Secretario del Alto Congreso”.

En ese mismo día se le notificó al Sobrecargo del buque aquella providencia. Quedóse absorto y yo enajenado. Las sentencias sean cuales fueren deben ser claras y terminantes, de un modo inteligible a la parte, ya sea concediéndole o negándole lo que pide; condenándole o absolviéndole del cargo que se le hace. El Maestre es un actor que pide, que representa los perjuicios y la responsabilidad de su cargo, y que no teniendo otro arbitrio, pide licencia para dirigirse al Callao. ¿Qué pues, se decide en este caso? Que cumpla el Gobierno la orden que se acordó. ¿Y qué orden es ésta?, ¿qué se decide en ella? ¿Se le concede, o no la licencia?, ¿es o no adaptable el arbitrio que propone? Todo se ignora, todo se le procura ocultar por medio de una comisión secreta, que le deja envuelto en perplejidades, sumergido en dudas, sin poder dar un paso adelante; sin poder reclamar a otro tribunal; sin arbitrio para suplicar en el mismo, a menos que se le pida revele las órdenes secretas que ha comunicado al Gobernador; y lo que es más, sin exponerse a nueva rivalidad del Tribunal, contra declaradamente a la expedición del buque. ¿Habrá nación en el orbe que se haya establecido bajo de estos sacramentos? ¿Habrá gobierno más déspota, y más absoluto? ¿Dónde están los derechos del hombre? ¿Donde aquellas sagradas leyes de la defensión? ¿Dónde el tribunal del auxilio, y protección del oprimido, donde poder recurrir a representar y a pedir el resarcimiento de tantos perjuicios que está sufriendo la expedición? Al Tribunal representativo de la Nación, a saber, el de Cortes, no se ha pasado ni reconocido; al de la Suprema Regencia se desobedece con descaro, resistiéndose el cumplimiento de todos sus despachos, reales órdenes y cédulas que emanan de aquella potestad. Este es el estado en que gimen los vasallos de la América en que se han erigido las Juntas; éstos los grandes beneficios concedidos al hombre en defensa de sus derechos imprescriptibles, y de la decantada libertad; pero yo juzgo que estos son los primeros ensayos del nuevo gobierno.

En estas apuradas circunstancias tomó el Maestre Sobrecargo el único arbitrio de hacer un propio y dirigirle carta al Capitán del buque, encargándole esté sobre avisado de una orden secreta que se le ha comunicado al Gobernador de Valparaíso, y le será fácil, conocer por las deliberaciones que éste tome en orden al buque. De facto ese mismo día que llegó el expreso, se le hizo saber la orden literal que sigue:

“El Alto Congreso Nacional del Reino por Superior providencia de 29 del presente julio se sirvió proveer a la solicitud de don José María Vásquez, Maestre Sobrecargo de la Fragata Flor de Mayo, dirigida a que se le permita pasar con su cargamento a Lima, a consecuencia de habérsele negado licencia para que hiciese su viaje a Buenos Aires sin la precisa calidad de afianzar en cantidad de 50 mil pesos, y no toca en Montevideo, determinó se pusiese en noticia de V. lo acordado, y es lo siguiente: Que le permita V. su salida para Lima afianzando antes aquel destino, y que al tiempo de hacerse a la vela examine V., prolijamente su aguada y rancho, permitiéndole solo la bastante para aquella bajada. Y de superior orden lo digo a V. para su debido cumplimiento. Firmado.- Doctor Diego Antonio Elizondo, Secretario del Alto Congreso.- Señor  Gobernador de Valparaíso.-

Valparaíso y julio 30 de 1811.-  Guárdese y cúmplase lo acordado por el Alto Congreso Nacional del Reino, y en su consecuencia hágase saber al Capitán de este buque que para poder dar la vela al Puerto del Callao, afiance antes de ir a aquel destino con la cantidad de 10 mil pesos.- Mackenna”.

He aquí descubierto el enigma de lo acordarlo secretamente y comunicado en orden reservada al Gobernador de Valparaíso, que el Maestre habría ignorado, a no ser el expreso que hizo y la copia que se le remitió por el Capitán. He aquí también la razón de mandársele afianzar sus destinos, que es con el fin de que no toque el puerto de Montevideo, porque tiene bloqueado al de Buenos Aires, y le es contrario a su sistema; por lo mismo le tiene declarada la guerra; Chile como su aliado protege estas ideas y quiere que Montevideo perezca de necesidad, para que así fácilmente se subyugue al Gobierno de Buenos Aires, con quien tiene identificado interés en los negocios de la independencia. Este procedimiento es bastante claro, y está más que justificado.

Me ha asombrado, muchas veces, el ver rotos los vínculos de nuestra nación y los derechos de gentes. Estos patrocinan la navegación, tomar los puertos, asegurar allí los buques, importar y exportar sus frutos y formar un recíproco comercio, a excepción de aquellos, y en aquellos casos en que prohíben las leyes nacionales. ¿Qué ley hay que pueda prohibir a un barco, no tome otro puerto que aquel para donde pidió la licencia o causa que le obligue? Ni entre los Marruecos se habría visto ley de esta naturaleza, tan ofensiva de la hospitalidad natural.

Aún es más de extrañar que esto se haga con un buque español, y para un puerto de Montevideo, de la propia nación. La Flor de Mayo salió de allí con destino a Valparaíso, para donde trajo registro como igualmente la Bigarrena, que acaba de llegar. Si Montevideo es puerto enemigo, porque no es de la facción de Buenos Aires, y le aflige, ¿por qué se admiten libremente registros de aquel puerto? ¿Por qué no se le cierran? ¿Por qué no se publica de una vez la guerra? ¿Su comercio ha de ser aquí de fácil importación y el nuestro ha de ser prohibido porque se dirige a un puerto asediado por el Gobierno de Buenos Aires, y que éste puede interponer sus quejas?

Si la indicada razón vale, ¿por qué no se ha prohibido toda exportación de frutos para el Callao de Lima? ¿No se halla a las inmediaciones del Desaguadero ese innumerable invencible ejército de Castelli que se decanta? ¿No está con miras de destrozar al del señor Goyeneche, y vencedor, entrarse a asediar a Lima hasta rendirle a su prepotencia y dominación? ¿Cómo pues se consiente la exportación de frutos que se sabe van a servir a aquellos contrarios, rivales del sistema de Buenos Aires? ¿Cómo no se trata de cerrar el puerto y comercio de todos los frutos de este Reino, para que perezcan los limeños y que por este arbitrio vengan a subyugarse a su aliada? ¿Cómo no se temen las quejas de Buenos Aires contra esta conducta, que puede retardar o frustrar su conquista? Yo diré la causa de esta inconsecuencia. Lima es una vecindad respetable; quien le gobierna es el Excelentísimo señor Virrey, uno de aquellos héroes que nacen de siglo en siglo, cuyo terror anticipado les tiene a los facciosos de este Reino abatido el corazón y lleno de sobresaltos. Por este motivo no se atreven a alarmarse porque temen su brazo. No así Montevideo, cuya distancia y dificultades del Cabo, con otras consideraciones, le presentan como un enemigo despreciable, incapaz de perseguirle, ni de hacerle daño. Por esto es que abriendo el puerto de Valparaíso a todos los extranjeros de amistad para la importación y exportación de todos sus frutos, les niega esta franqueza a los de su propia nación, procedentes de Montevideo. ¡Qué desacato! ¡Qué perfidia! ¡Qué insulto! Los sucesos que aquí se relacionan, son comprobados por el testimonio del expediente que lleva el Maestre, de donde son a la letra los que aquí obran.

Hagamos una breve retrogradación a los demás hechos que sucedieron, para seguir la historia por sus niveles. El 25 llegó el correo de Buenos Aires con noticias justificativas de los apuros en que se hallaba; que sabedor el Gobierno de la gran derrota de su ejército oriental por el señor Vigodet el 18 de junio, trataba de reforzar los últimos restos con mil hombres más, y que por el bloqueo pensaba remitirlos por tierra a Santa Fe; que habiéndosele comunicado la noticia de que el señor Elío se había embarcado con 800, o mil hombres en 16 buques de transporte y dirección al parecer a la capital, estaba ésta toda sorprendida y en movimiento, pues el 2 en que salió el correo se había mandado hacer una revista general de tropas, y publicádose un bando con los puntos siguientes: 1º, que desde aquel día, estuviese en su casa a puerta cerrada desde las oraciones para adelante, pena de la vida; 2º, que al primer tiro de cañón, todos los carretilleros que hayan, vengan a la plaza mayor a recibir las órdenes que se les ha de dar; 3º, que al 2º tiro ocurran todos los patriotas a la fortificación y cuarteles con las armas que tengan, donde recibirán las órdenes correspondientes de los respectivos jefes.

Estas noticias generalmente esparcidas, y la mucha depresión y falta de energía en sus gacetas, que son el depósito de todo el valor verbal de aquellos que llaman inmortales, acongojaron en mucha parte el ánimo de sus fieles aliados, que viven con la expectación y esperanza de ser aquellos inconquistables y el muro y la defensa de éstos.

Rumiaban estas píldoras los facciosos, cuando el 26 a las 3 de la tarde llegó aquí un expreso a doña Javiera Carera, anunciándole la llegada de su consorte don Pedro Díaz Valdés en el navío de guerra inglés de 74 cañones nombrado Estandarte con 600 hombres de tripulación, procedente de Cádiz, de donde había salido el 17 de abril, y de Gibraltar, donde arribó el 27 del mismo, con 84 días de navegación; que a su bordo, a más del referido Valdés, habían venido su hermano político don José Miguel Carrera, don Ramón Errázuriz con su mujer y familia, ambos a dos naturales de este Reino, y el señor Oidor Caspe, provisto para esta Real Audiencia. Este señor a los pocos momentos de haber anclado el 25 a las 4 de la tarde, se cercioró del estado del Reino, de su Junta, o nuevo gobierno, de la expatriación y extinción de la Real Audiencia, del poco obedecimiento a los despachos de la Suprema Regencia, del ningún reconocimiento, ni juramento a las Cortes Nacionales, y últimamente, del universal trastorno del antiguo gobierno, y dependencia de la Península. Conoció todos estos imprevistos sucesos, destructivos de su suerte y nueva colocación, sobre todo el fatal hado de un hombre desgraciado y resolvió quedarse a bordo, y oficiar primeramente con este Gobierno para deliberar sobre su destino.

El 26 en la noche se hizo un conciliábulo de más de 40 personas en casa de don Diego Larraín, de todos los suyos y otros facciosos, a tratar arbitrios de suscitar una revolución entre sí para el día siguiente en el que se decía iba a nombrarse el Tribunal Ejecutivo. Presidió la reunión de aquellos el mismo don Diego, como tan práctico en este manejo, y en dar reglas para revolucionar y formar semejantes corrillos con descaro como queda dicho en el Diario el 14 de septiembre de 1810. El plan que allí se acordó fue entrarse todos los facciosos tumultuariamente al Congreso al punto de saberse se trataba de la elección de la Junta, proclamar allí al Doctor [Martínez de] Rozas de Presidente, de primer vocal a don José Antonio Rojas, de 2º a don José Gregorio Argomedo, de 3º al Ex-Mercedario don Joaquín Larraín y de Secretario al Doctor don Bernardo Vera y al Padre Camilo [Henríquez] de la Buena Muerte.

El 27 como a las 10 ½ de la mañana empezaron a entrar a la plaza mayor los facciosos, a saber, los innumerables Larraínes, los Trucios, los Cavaredas, los Formas, Ortúzar, don Agustín Llagos, el cojo don Martín Arbulu y otros muchos de los que están en la lista de los suscriptores de la representación del día 7 de marzo. Don Nicolás Matorras fue el primero que subió la escalera, a ponerse en la inmediación de la Sala del Congreso como el Vice Presidente de aquella Asamblea. Ya cerca de las 12 fue observando mayor reunión de gentes, así en los corredores como en el patio donde está el Congreso; también que en la plaza mayor habían [sic] diferente corrillos, ya de a dos, ya de a tres, unos y otros con capotones y capas para encubrir las armas que en muchos de ellos se llegó a notar.

Este movimiento unido a los anteriores, y principalmente al suceso del día 10 de este propio mes, despertó a muchos y les hizo conocer que aquella era una conspiración. Algunos del Congreso que estaban en el Despacho llegaron a penetrarla y tuvieron a bien el salirse. Don Manuel Muñoz, hijo del señor Coronel don Domingo, con la mayor aceleración dio cuenta del estado de esta convulsión al Comandante General de Armas, quien pasó inmediatamente al Parque y dio orden para que se pusieran cuatro cañones cargados de metralla en las cuatro esquinas de su plazuela. Hizo se reunieran los artilleros en el propio Parque, y entre otras disposiciones preventivas mandó poner centinelas avanzadas.

Inmediatamente el mismo señor Comandante pasó a los demás cuarteles de Granaderos, Húsares y de Infantería del Rey, donde encontró reunida la tropa con preparativos de un pronto a ponerse sobre las armas. Preguntó quien había dado aquellas órdenes y dieron por autores a varios oficiales partidarios del Doctor [Martínez de] Rozas, y de los que formaban la revolución de la Plaza, por lo que se vino en conocimiento que los Granaderos y Húsares en particular estaban prevenidos a favorecer el partido de los revolucionarios. Dio igualmente aquí sus disposiciones. Primeramente hizo llamar a los comandantes de aquellos cuerpos y de acuerdo entregó el mando a los oficiales de mayor confianza y más adictos a la facción del Cabildo. Se descubrió también que aquellos trataban de sorprender la Artillería y a los del cuartel del regimiento del Rey. A todo esto, don Diego Larraín acompañado de don Manuel Valdivieso, oficial 1º de la Secretaría de Cartas, estaba debajo del portal de Mercedes esperando el suceso de sus maquinaciones; y yo a la puerta de mi propia casa situada en la Plaza frente del Palacio, observando todos los movimientos de los facciosos que allí estaban; unos hablando en secreto; otros arriba y abajo indeliberadamente; otros entrando y saliendo al patio del Congreso, todos ellos en número de 80, a 100, turbados, pensativos y macilentos. Uno de ellos se allegó a mí, y me advirtió cerrara la puerta de calle, pues había en el pueblo mucho movimiento. Le contesté que no podría ejecutar su consejo, a menos de advertirse en el público, con sospecha de mi honor, una diligencia tan intempestiva; con lo que se retiro y yo también del puesto donde estaba, dejando a la puerta dos mozos prevenidos de cerrarla en el acto de oír alguna vocinglería tumultuaria.

Cerciorados los facciosos de las órdenes y prevenciones comunicadas por el Comandante General de Armas y los riesgos a que se exponían; y que sabedores los señores del Congreso, de la fermentación popular, el fin y término a que se dirigía, ya no trataban de la erección de la Junta, [y] procuraron irse disipando extraviadamente, con el sentimiento de no haber logrado su propósito. El Congreso inmediatamente trató de tomar declaraciones y de investigar los autores de estos movimientos. No se sabe el resultado de la diligencia; solo si que ese día se redoblaron las guardias en todos los vivaques, y se han tomado otras precauciones.

El mismo día 27 por la tarde llego aquí la correspondencia que trajo el navío Estandarte con las gacetas desde enero hasta 6 de abril, y otros muchos pliegos de oficio al Tribunal de la Real Audiencia, Cabildo Eclesiástico, Real Consulado e infinidad de cartas a los particulares. Por la reunión de todos aquellos conductos se afirmaban con ventajas las plausibles noticias que habíamos tenido de la Península, y el estado brillante de sus armas que consolaron a los verdaderos vasallos de Fernando e hijos de la afligida madre patria.

Los facciosos atolondrados con la firme certidumbre de la existencia de la España, de sus glorias y triunfos, no sabían con qué entorpecer, oscurecer y alucinar a los verdaderos patriotas. Errázuriz y Carrera, que habían venido en el propio buque y llegado aquí antes que la correspondencia, empezaron a hablar lánguidamente de la España y de sus proezas, detallándole en suma escasez de dinero, y casi sin fuerzas para sostener una larga lucha con el tirano. Este era el texto de los facciosos para desmentir las gacelas y cartas y abatir el consuelo de los buenos españoles; pero luego se advirtió que ambos a dos eran hermanos, e inmediatos deudos de los revolucionarios y que al influjo de éstos y allanamiento a vivir según sus ideas en la patria que ha abrazado este sistema, les obligaba a producirse melancólicamente sobre el estado de la península.

Al Gobierno llegaron muchas reales órdenes y cédulas, fuera de gacetas y otros impresos. De todo ello solo se ha traslucido la revolución sobre la presa de la Escorpión, declarativa de ser comiso y que los aprehensores devuelvan la parte que han percibido, condenándose al señor Presidente [Francisco Antonio García] Carrasco al pago de lo demás que falte.

También se supo que el Tribunal representativo de la Nación, había aprobado la instalación de esta Junta, sin duda por el contexto de la [sic] Acta, en que se afectaba la obediencia a la Suprema Regencia, y protesta de mantener las autoridades legítimamente constituidas que por aquella sumisión hipócrita habría conceptuado que este Reino aún guardaba los estrechos vínculos con la madre patria, conformándose al reconocimiento y juramento de las Cortes. Esta sorpresa, que ya indica el prólogo del Diario comprensivo desde 15 de octubre hasta 23 de mayo, es la misma que padeció el Señor Marqués de Casa Irujo, según su oficio que se refiere al 28 de junio, convencida con las reflexiones más concluyentes puestas al pie por el mismo autor. No quiero repetirlas, porque el propio desengaño prácticamente adquirido por los diferentes recursos interpuestos por los provistos que han padecido su repulsa de sus despachos, y el ningún cumplimiento de las soberanas resoluciones, que detallan los hechos relacionados en esta historia, habrán despertado a nuestro gobierno nacional, y le convencerán que las 13 reflexiones puestas al pie de la [sic] acta que corre en el 18 de septiembre, fueron juiciosas y combinadas según la conducta, revoluciones y circunstancias funestas que describen los memorables hechos del Reino, y que en su exposición me he empeñado a seguir la verdad con solo el interesante objeto de instruir como es debido su real ánimo, libertándole anticipadamente de todo engaño, embuste y afectación maliciosa.

La indicada aprobación solo ha llegado mi noticia por una voz vaga e indeterminada, incapaz de cerciorarse del cómo y en qué términos se haya extendido. No será tan lisonjera a los partidarios porque éstos no han manifestado aquel placer que es consiguiente al hombre cuando consigue el triunfo de sus designios. Creo que viene con muchas trabas y bajo las cualidades que engañosamente describió su acta; pero aún en este caso y bajo de esas modificaciones, parece que combatía enérgicamente la aprobación de esta Junta la 13ª reflexión puesta al pie de aquella. Permítaseme repetirla aquí literalmente, por parecerme conducente al caso y el tenerle a la vista. Hablé entonces en dicha reflexión 13ª en estos términos

“13ª y última reflexión. La convulsión del vecindario en el día 11 de julio hizo revocar las providencias del Superior Gobierno sobre el extrañamiento de los tres reos, Rojas, Ovalle y Doctor Vera; consiguió la deposición del asesor, del secretario y del escribano substituto. La misma convulsión popular activada en los días 13, 14 y 15, con la expresa meditación de quitarle el mando al señor Presidente, e instalar la Junta, obligó a este jefe a la renuncia y abdicación del mando en el señor Conde de la Conquista. ¿Y quién niega que estos repetidos triunfos que ha conseguido la repetición de las convulsiones populares, abrieron camino para la instalación de la Junta? Claro está que la ninguna represalia de aquellos movimientos, la ninguna corrección ni escarnecimiento en sus autores, han dado margen a los tumultos, sediciones que se describen casi diariamente, y en particular desde el día 11 de septiembre hasta el 18, en que consiguió el pueblo la victoria a que se dirigían todas sus atenciones y desvelos. Un pueblo pues, que por sí y por los medios de tumultos e insubordinaciones ha conseguido sus repetidos designios, ¿no tendrá en su mano obedecer o no obedecer a ese Supremo Consejo de Regencia? ¿No será de su arbitrio instalar ahora esta clase de Gobierno, y después otro, valiéndose del mismo método? ¿No tendrá en su facultad sacudir el yugo de la subordinación con un sistema de independencia, o reducirle, como ahora, a las reglas de su deliberación? Yo entiendo que el haber roto las riendas de la obediencia al plan de Gobierno nacional reconocido, y cultivado en estas Américas por tantos años, ha de ser la causa y origen de que aquellas que han incidido en este crimen, con el tiempo sacudan el yugo de la metrópoli por medio de una absoluta independencia; y este es el mayor mal, el cáncer más ejecutivo que amenaza a este reino, y por su ejemplo a las demás posesiones ubicadas en estas distancias de la metrópoli, principalmente en el tiempo que ésta está afligida y sus atenciones embargadas con la defensa del tirano que le quiere dominar. El remedio debe ser activo y pronto, y si no se quiere llorar para siempre esta pérdida”.

He aquí mi anterior pronóstico verificado a la letra; he aquí como los tumultos y sediciones de los pueblos, cuando no se sofocan en sus principios, recobran fuerzas para poner en práctica los más calumniosos designios de Chile [que] en su Acta dijo obediencia al Supremo Consejo de Regencia, que protestaba conservar las autoridades constituidas y empleados en sus respectivos destinos. ¿Y es ahora su conducta?; ¿No ha rechazado escandalosamente a todos los provistos por la Regencia? ¿La Real Audiencia no está expatriada? ¿Qué Real Orden o cédula se ha obedecido? ¿Dónde está el obedecimiento y juramento a las Cortes? Luego es cierto que un pueblo como éste, que por sí y por los medios de tumultos e insubordinación ha conseguido sus repetidos designios, tiene en su mano el obedecer o no a ese Supremo Consejo de Regencia, tiene en su arbitrio instalar ahora una clase de gobierno y después otro valiéndose del mismo método. ¿No es a la letra lo que ha sucedido en el Reino de Chile? Así lo acreditará la experiencia, y se verá que ese prospecto de obediencia y subordinación fue para extinguir la acrimonia de los que se oponían a su sistema, para alucinar al público, y engañar al Rey, poniéndole a la vista esta linterna mágica para su entretenimiento, mientras que los facciosos erigían tropas y las disciplinaban, buscaban armas y pertrechos para hacer fuertes, poner el reino en un estado de inexpugnable defensa y sostener así su sistema de independencia.

Cuando el vasallo habla con decoro, y con respeto; cuando su empeño está libre de preocupaciones y personal interés; cuando solo trata de dar pruebas de su amor y fidelidad al soberano, nada le debe enmudecer, principalmente cuando se desvela en decir la verdad, precaver los daños y defender los derechos de su Rey. Sigamos la vaga o verdadera noticia de que esta Junta está aprobada; supongamos, como es regular, que prontamente se ha comunicado a todas las provincias, que acaso estarían en expectación ¿y qué males no debe producir? Lima, ese emporio del Perú tomando por modelo a Chile y a su Acta, tratará (Dios no lo permita) de instalar su Junta bajo de estos mismos principios; no lo creo por su fidelidad, pero está en riesgo y de resistir después con el mismo descaro el cumplimiento de todos los despachos y reales órdenes que emanan del gobierno nacional; México, Montevideo y el Paraguay, están en igual peligro de esta hipocresía seductora. El incentivo es poderoso; el ejemplo casi doméstico: la intriga estudia en promover arbitrios, y los dogmas insidiosos de Napoleón y de sus secuaces, no dormirán en persuadir que el sistema nada tiene de malo, pues que ya está aprobado por el Tribunal representativo de Nación. Dejarán en silencio las calidades con que se ha hecho; usarán de otro disimulo, de la misma afectación y engaño. Este es el mayor mal que amenaza a estos distantes dominios del Soberano. Hace tiempo que lo representé y cuantas veces se ofrezcan no puedo menos que repetirlo, clamando por el remedio pronto, breve activo, si no se quiere llorar para siempre la pérdida de las Américas.

El día 28, a las 7 de la noche, se oyó un tiro como de fusil en la plaza. Como el pueblo está tan sumamente conmovido y agitado con las casi diarias revoluciones que experimenta, en aquel momento fue indecible la multitud de gentes que ocurrieron a la novedad hasta que se cercioraron que había sido un tiro imprevisto e involuntario de un centinela de la cárcel. Este sobresalto es general a la menor ocurrencia.

El 29 se doblaron las guardias en todos los vivaques y la tropa se puso muy sobre las armas en todos los cuarteles. Se decía era el día seña lado para la elección del gobierno ejecutivo, que es lo que tiene en expectación y movimiento a todo el vecindario, por cuanto los 13 virtuosos diputados de la proclama del día 15 con los de su facción, solicitan que del partido de la Concepción al menos sea un vocal de los que compongan la Junta y que venga a serlo el Doctor [Martínez de] Rozas. Este altercado punto no se decidió, pero sí los siguientes: 1º, que el Tribunal del Poder Ejecutivo se componga sólo de tres sujetos; 2º, que en éste no haya Presidente particularmente nombrado, sino que entre todos mensualmente se alterne este cargo; 3º, que la dotación de cada uno de los predichos vocales sea de dos mil pesos por año.

En el mismo día 29 se leyó en el Congreso el oficio dirigido por el señor Oidor Caspe, anunciando al Gobierno su promoción a esta Real Audiencia, y sus despachos expedidos por la Suprema Regencia. Inmediatamente se hizo oposición a su reconocimiento, respecto de hallarse aquí extinguido aquel Tribunal, y erigido otro Gobierno de la confianza del pueblo, y esto mismo se le contestó al referido señor Oidor. Ya he dicho, y en muchos lugares, que en el Reino de Chile no se obedecen los despachos, Reales Cédulas y órdenes que emanan del Gobierno Nacional de la Península. El juramento prestado a nuestro desgraciado Fernando VII no tiene otro objeto sino el de persuadirse que es un monarca cautivo por una potencia dominante; por lo mismo, impedido absolutamente de mandar por sí en su Imperio, de expedir leyes, despachos, ni otras providencias relativas al gobierno de estos dominios. Mejor fuera proclamar de Rey a Elías, o a Enoch, a sabiendas de que ninguno de ellos ha de salir de donde está hasta aproximarse el juicio universal. Así juzgan los facciosos que nuestro Rey Fernando jamás ha de salir de su cautiverio, y por consecuencia, que no hay caso en que le puedan obedecer. La jurada obediencia de este reino es un ente de razón, un acto puramente ideal, un fantasma engañoso para colorir su gobierno, revestirle de majestad y de soberanía con el respetable nombre de Fernando VII, nombre augusto, que ha sido la áncora del amor y fidelidad de los buenos vasallos para luchar con los enemigos de aquel Rey y de su nación; pero también nombre, cuyos abusos son notorios en todos aquellos pueblos que se han erigido en soberanía, solo por poner el epígrafe de Fernando VII, siendo así que ninguno son más enemigos de sus derechos, que los mismos que le proclaman.

El propio día 29 se leyó un oficio del señor Comandante del navío Estandarte, en que da cuenta a este gobierno de su comisión, a saber, de venir por los caudales del Rey, remisibles a la Península y donativos voluntarios. Se leyó otro del mismo, en que se ofrece conducir a España [a] los diputados de Cortes nombrados por este Reino, con protesta de volver por ellos desde Lima, caso de no estar elegidos o prontos para el viaje. No he podido traslucir la contestación. El compromiso es grande y cualquier extremo que se elija, perjudica a las ideas de este Gobierno. Si se niega a la remisión de caudales y de diputados para la Cortes, está quitada la máscara de la afectación y del engaño con que tratan cubrir su independencia; proyecto que ha hecho banca rota en todos los caudales remisibles del Rey, como queda de demostrado en el Diario al 6 de enero de 1811 . Si resuelven resistir los diputados de Cortes, y los caudales del Rey (que no los hay), si practican diligencias para donativos voluntarios, o allanan otros medios de auxiliar a la Península, claman los autores del sistema, que todo esto cede en su destrucción, extingue la felicidad, la libertad y la independencia que tienen conseguirlas. Siempre la contestación será insignificante, dejando envuelta en oscuridades la resolución de este Gobierno. Aquí hay trazas de hipocresía para todos estos urgentísimos casos.

También en el referido día 29 se recibió un oficio del Contador del navío Estandarte, solicitando 7 u 8 mil pesos para reponer el rancho y subvenir a otros gastos del buque, con cargo de dar letras a la vista pagaderas en Londres. El Congreso resolvió se le franquease del ramo de subvención aquella cantidad, con la garantía de satisfacerla dónde cuando le conviene. Otros dicen que se ofertaron gratuitamente, y sin responsabilidad. Todo puede ser por atraer la atención y llamar la amistad y confianza de la nación Británica, que tanto les interesa para la protección de su sistema.

Por la misma razón dirigió el Gobierno en el propio día un oficio al señor Comandante del navío inglés, convidándole a pasar a esta capital a franquearle la satisfacción de conocerle personalmente, a disfrutar los obsequios de un pueblo que le desea con anhelo alta consideración. Desde el instante en que se le escribió el referido oficio, se trató de proporcionar todo el dinero bastante para los gastos de su recepción. Se acordó que de los propios de ciudad se sacaren 3 mil pesos. Se nombró por administrador o ecónomo de este nuevo ramo a don Juan José Concha, cuyo genio franco, talento poético y práctica en estos negocios, le conceptuaron el más aparente para la confianza, aire y lucimiento del Tribunal. A este fin se le franqueó el dinero. Empezó éste a comprar rosolis, jamones, barriles de vino de España; a mandar hacer dulces y alistar todos los preparativos de un magnífico convite, todo esto mientras que el señor Comandante daba su respuesta si venía o no a la capital.

Entretanto, don José Samaniego y Córdoba, uno de los satélites del nuevo Gobierno, organizó una obra del método, y reglas que se debían observar en la recepción del señor Comandante; de los muebles, criados y servicio que se le debía poner; que don Manuel Salas era el más a propósito para sostenerle la tertulia, mediante a los conocimientos que tiene del Reino, de sus producciones, del carácter de sus gentes y de las personales prendas de cada uno para darle razón de todo; que este mismo serviría para detallar los desaciertos del antiguo Gobierno, principalmente durante el mando del señor [García] Carrasco; el despotismo e infelicidades que ha sufrido esta capital y su distrito; sólo según pienso, para llamar la atención de este jefe sobre los procedimientos de su nuevo Gobierno. La cartilla práctica escrita para Samaniego por este caso tendría muy buena acogida entre las obras de Don Quijote. Siento no incluirle literalmente, por la suma difusión con que se explica.

Todos estos preparativos y advertencias instructivas tenía la capital, cuando se recibió la contestación del señor Comandante del navío británico, excusándose decorosamente al convite que se le había hecho por este Gobierno, a causa de las muchas atenciones que le impedían de participar la satisfacción obsequiosa de este pueblo generoso. Al punto quedaron frustrados los designios, se dio orden a Concha suspendiese los preparativos y gastos en los que ya se habían consumido 700 y más pesos; la doctrina de Samaniego quedó en teorías y todos ellos contristados de no haber conseguido prestarse a sus obsequios y designios.

El 30 de julio se hizo elección de Secretario por renuncia del Doctor Echaurren y recayó aquella en don Agustín Vial; y aunque éste resentido por el desaire de no habérsele conferido el empleo en la primera votación, hizo su renuncia, no se le admitió, y se recibió de él al día siguiente.

El 31 escribió de Valparaíso don José Joaquín Aguirre, maestre y sobrecargo del referido buque, encargado para recibir los caudales del Rey, donativos, etc. a don Juan Bautista de Aeta, Administrador de Correos, contestándole a su carta de ofrecimientos en fuerza de la recomendación que le hizo en favor del citado maestre su hermano político don Joaquín Fernández Leiva. Después de las expresivas rendidas gracias que le tributa a la generosidad del referido Aeta, se excusa no venir a la ciudad por el estado lastimoso en que se halla el Reino. Es muy conducente oír a Aguirre sobre el concepto que forma de las circunstancias y males que nos afligen actualmente. He aquí a la letra el capítulo de carta contraído a nuestro caso.

“El infeliz y lastimoso estado a que veo reducido este Reino, en mi concepto proviene más bien por equivocación que por principios siniestros. Estoy deseando alejarme de él para no tener mi imaginación continuamente ocupada y atormentada con la consideración de los males a que, según mi modo de comprender, las ocurrencias presentes lo van a conducir. La reflexión y la cordura, y no las pasiones, debieran ser el norte de la conducta de los funcionarios públicos; pero observo que parece no se da lugar a ninguna de estas cosas Dios conceda a V. V. no perder de vista lo que constituye la felicidad de este Reino, que no creo sea la independencia, que tanto se cacarea, pues aunque estoy iniciado de algunos principios de la política, no alcanzo como la  pueda sostener”.

Si un hombre sin la ilustración de los hechos, y revoluciones del reino, solo por noticias breves y superficiales, comunicadas al golpe de llegar a Valparaíso, forma este concepto, adecuadamente conforme al estado presente en que nos hallamos, ¿qué será el que ha vivido como estudioso espectador de todos los sucesos? Más que aletargado ha de estar, más que ciego y enajenado el que no comprenda la conducta, interés y designios de los autores del sistema.

 

Notas.

1. Matatías encabezó la rebelión contra Antíoco IV el año 167 a. C. (C. Guerrero L).

2. Este mismo texto sirvió de título a un artículo publicado posteriormente en la Aurora de Chile por fray José María Bazaguchiascúa, cuyo título es Discurso Moral. Sobre que peca mortalmente..., Aurora de Chile, tomo I, Nº 42, 26 de noviembre de 1812. (C. Guerrero L).

3. “Banda Oriental” es la referencia a la ribera oriental del Río de la Plata. (C. Guerrero L).

4. José Gervasio de Artigas (1764-1850). (C. Guerrero L).

5. Recibo o carta de pago que se da a quien lasta o paga por otra persona, para que pueda cobrarse de él. (C. Guerrero L).